27.2.05

Espejos de lluvia gris sobre nosotros


El martes en la mañana una lluvia de primavera lavó la ciudad. En un determinado punto del Universo: un paso peatonal, justo a tres metros de la acera norte y a metro y medio de la acera sur, exactamente a las diez y cinco, se cruzaron tres amigas camino al Café Caribe, una enfermera que había marcado la tarjeta de salida del turno de noche hacía diez minutos en el Hospital Central y un vendedor viajero de licores importados.

La enfermera ha salido dos horas más tarde por atender un parto complicado que trajo al mundo un niño casi estrangulado con su propio cordón umbilical y que desarrollará temor a los lugares encerrados a la edad de quince años.
El vendedor, en ciudad extraña, lleva en su bolsillo un detallado mapa con lugares, horas y nombres a los que ofrecerá una nueva línea de vinos del sur de Italia. Su mente está en su propia ciudad, con una mujer de cabello negro y sonrisa franca que duerme junto a una bebé de tres meses llamada Eva que a los veintitrés años hará el diseño de vestuario moderno para una versión contemporánea de Otelo.
Aurora, la amiga que camina en medio de las tres, les muestra un anillo de compromiso. Éste refleja los edificios de la Avenida bajo la lluvia gris.
La primera hija de Aurora será una niña que veintiséis años más tarde viajará a la ciudad a visitar a su amiga diseñadora de vestuario para la Ópera cuando un joven que viaja con ella en el ascensor tendrá un ataque de ahogo. De manera increíble, cuando la mano de la muchacha se posa sobre él, el ataque cede y una bocanada de aire entra al galope a sus pulmones.
Los besos de la muchacha harán desaparecer totalmente los ataques en menos de tres años.

En el reflejo que el anillo de compromiso hizo de los edificios de la Avenida, se ve un joven observando la ciudad desde una ventana del quinto piso del Edificio McLarren.
Miro la avenida por la ventana. Una repentina lluvia de primavera lava la ciudad y desde arriba los paraguas parecen escarabajos ordenados - deteniéndose y avanzando según señales luminosas de tres colores. Agarro el paraguas y bajo.

5 comentarios:

unsologato dijo...

Siempre la lluvia recordándonos la imposible transparencia del Universo. En una gotita cabe un mundo y mil palabras que sobornamos con otra gotita. A veces la condición es andar sin paraguas, otras veces dejar que el viento lo retuerza con gesto de gigante. Porque todo tiene que ver con todo, es que la lluvia siempre nos da ese tipo de mensajes donde las historias se tejen con hilos de infinitas vidas y colores. Siendo así, no queda más que felicitar al autor de esta lluvia por contarnos sus gotitas y descubrirnos otras tantas que necesitan sus palabras para ser.
Gracias, master!!!
Se empieza bien la semana leyendo cosas así.
Abrazo, con mis antiguas lluvias fernandezinas!!!

Ángel mutante dijo...

Doc, querido:
La verdad es que me carga la lluvia, mis alas quedan echas una porquería y apenas puedo despegar tres centímetros del suelo. Pero debo admitir, que pese a mi desagrado pluvial, tu relato está muy bien escrito y me causó bastante placer leerlo mientras una gota me caía en la punta de la nariz de brujaaaaaaa ja ja ja...
Chaooo.
Pórtate mal.
Besitos a secas.

Miss Mag dijo...

Escarabajos grises con esqueleto de acero
Luchando entre ellos por no cambiar uno el camino del otro
Imperturbables a pesar de las gotas cada vez más densas y más cristalinas
Como si eso los volviera menos insectos
Menos robots
Como si eso los obligara a detenerse aunque sea sólo un mísero segundo.

Un abrazo en reflejo de agua.

franhilz dijo...

Amigos...
Les agradezco el que hayan (mal)gastado unos segundos leyendo estas cosas.
Hemos aparecido aquí - en este mundo bowleano y nadie nos ha preguntado nada.
Estos mini-cuentos son un mísero rescate de cada choque entre partículas.
Nos vemos!

Anónimo dijo...

What a great site » » »